El único cubano que presidió la ONU: el hombre que habló por el mundo y cayó en el olvido

 

El único cubano que presidió la ONU: el hombre que habló por el mundo y cayó en el olvido




En la historia de Cuba hay nombres que resuenan con fuerza y otros que, inexplicablemente, quedaron sepultados bajo el polvo del tiempo. Emilio Núñez Portuondo pertenece a esta segunda categoría, pese a haber alcanzado uno de los cargos más altos de la diplomacia mundial: Presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1952. Hasta hoy, sigue siendo el único cubano que ha ocupado esa posición.

Su historia no es solo la de un diplomático brillante, sino también la de una paradoja: mientras presidía el principal foro político del planeta, su país entraba en una de las etapas más turbulentas de su historia.

Un jurista cubano en el centro del mundo

Nacido en La Habana a finales del siglo XIX, Núñez Portuondo se formó como jurista, diplomático y político, destacándose desde temprano por su rigor intelectual y su vocación internacionalista. No era un caudillo ni un tribuno incendiario; su estilo era sobrio, técnico, profundamente institucional. Precisamente por eso fue respetado en los círculos diplomáticos internacionales.

Cuba, en la primera mitad del siglo XX, mantenía una presencia activa —aunque hoy poco recordada— en los organismos multilaterales. Núñez Portuondo fue uno de los rostros más sólidos de esa diplomacia profesional, capaz de dialogar con potencias y países emergentes por igual.

1952: la ONU y un mundo en tensión

Cuando fue elegido Presidente de la Asamblea General de la ONU, el mundo estaba lejos de la calma. La Guerra Fría se consolidaba, la guerra de Corea aún no había terminado, y decenas de países recién independizados buscaban un lugar en el sistema internacional.

Presidir la Asamblea General no era un cargo ceremonial. Significaba moderar debates explosivos, conducir negociaciones delicadas y sostener la credibilidad de una institución joven que aún buscaba su autoridad moral y política.

Desde el podio, con el gran mapa del mundo a sus espaldas, Núñez Portuondo representó no solo a Cuba, sino a la idea misma del multilateralismo en un planeta dividido.

La ironía histórica: prestigio global, crisis nacional

El contraste no pudo ser más dramático. Ese mismo año, 1952, Cuba sufrió el golpe de Estado de Fulgencio Batista. Mientras Núñez Portuondo defendía el orden internacional y el diálogo entre naciones, su propio país entraba en una espiral de inestabilidad que marcaría su destino por décadas.

Esta dualidad convierte su figura en material narrativo poderoso: un cubano presidiendo el foro más importante del mundo, mientras la democracia cubana se desmoronaba en casa. Historia grande y tragedia nacional avanzando en direcciones opuestas.

El silencio posterior

Quizás lo más llamativo de su legado no es lo que hizo, sino lo poco que se recuerda. A diferencia de otros personajes históricos, Núñez Portuondo no encajó cómodamente en los relatos políticos posteriores. No fue un revolucionario, tampoco un dictador, ni un símbolo ideológico fácil de apropiarse.

Así, el único cubano que presidió la Asamblea General de la ONU quedó relegado a notas al pie, archivos diplomáticos y fotografías en blanco y negro… hasta que alguien decide volver a mirarlas y darles color.

Recuperar la memoria

Rescatar la figura de Emilio Núñez Portuondo no es solo un acto biográfico. Es una forma de recordar que Cuba, en algún momento, tuvo voz propia en el centro del mundo, y que esa voz fue respetada.

En tiempos donde la historia suele simplificarse en consignas, su vida nos recuerda que también existieron cubanos que apostaron por el derecho internacional, la diplomacia y el diálogo global.

El hombre que habló por el mundo merece, al menos, no ser olvidado por su propio país.

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